WALK 02
Selva de Irati
Navarra - España
2009
51,7 km - 4 días



Irati: hacia una descomposición del paisaje
Tras dos años de trabajo en el Parque Natural del Montseny, este proyecto surge de la necesidad de desplazamiento. No solo físico, sino perceptivo. Cambiar de lugar implicaba poner a prueba un método: comprobar si aquella forma de caminar, de mirar y de relacionarse con el paisaje podía sostenerse en un entorno distinto.
La Selva de Irati aparece entonces como un territorio de contraste y continuidad. El haya, elemento común entre ambos espacios, actúa como punto de enlace; pero aquí el bosque se expande en otra escala, más vasta, más densa, más inmersiva. Antes de internarse en él, la mirada necesita situarse desde la distancia, desde la altitud, para comprender, aunque solo sea parcialmente, la magnitud del mayor hayedo de Europa.
Ese primer gesto de contemplación abre paso a la experiencia directa: caminar durante varios días bajo la sombra del bosque, dejándose atravesar por sus ritmos, sus silencios y sus variaciones de luz. Como en el Montseny, el recorrido no responde a un objetivo cerrado, sino a una voluntad de conexión con los elementos: la tierra, el aire, el agua, la luz; y con aquello más intangible que habita el lugar.
Pero es en Irati donde se produce un desplazamiento decisivo. La luz, filtrándose entre las hayas, no solo revela el paisaje: lo transforma. Al atravesar el follaje, descompone y simplifica los colores hasta generar visiones que se alejan de lo descriptivo. El bosque deja de percibirse como un conjunto de formas reconocibles y comienza a manifestarse como una vibración cromática, casi inmaterial.
Un error técnico, la búsqueda de fidelidad entre lo visto y lo capturado, abre inesperadamente una nueva vía. Al forzar los límites de la cámara, al abandonar el control del enfoque y de la definición, emergen imágenes construidas a partir de puntos de luz y color. Círculos que no representan el paisaje, pero que se acercan, paradójicamente, a la intensidad con la que fue vivido.
A partir de ese momento, la fotografía deja de ser un instrumento de registro para convertirse en un medio de traducción perceptiva. El paisaje de Irati se vuelve entonces más abstracto que realista, más evocador que descriptivo. Las imágenes ya no buscan reproducir el mundo, sino sugerir una experiencia: la de un entorno que desborda los límites de la visión humana, que no puede ser contenido en una perspectiva única ni en un solo punto de fuga.
Frente a la lógica de la representación tradicional, donde todo converge y se cierra en el horizonte, aparece aquí la intuición de un paisaje abierto, expansivo, imposible de abarcar en su totalidad. Un paisaje que no se deja fijar, que exige ser recorrido, sentido y, en cierta medida, imaginado.
Las obras que surgen de estos cuatro días en Irati son, por tanto, el resultado de una doble deriva: la del caminar y la del mirar. En ellas se consolida una transformación iniciada en el Montseny, pero llevada aquí hacia un territorio más inestable y experimental, donde el error, la intuición y la emoción adquieren un papel central.
Irati no es solo un nuevo escenario. Es el lugar donde el paisaje comienza a deshacerse para volver a aparecer, convertido en luz, en color y en experiencia.