Este proyecto marca el inicio de una práctica que, con el tiempo, se consolidará como una forma de estar y de hacer: caminar como método artístico. Lejos de responder a modelos preconcebidos o a referencias imitadas, el trabajo surge de una aproximación directa al territorio. Es en la repetición de los recorridos, en la experiencia acumulada de los días y en la atención sostenida donde comienza a configurarse un método propio. Un método que no se impone, sino que aparece de forma natural, casi inadvertida, a medida que el cuerpo se adapta al ritmo del paisaje.
El Montseny no se presenta aquí como un motivo a representar, sino como un espacio de transformación perceptiva. Caminar se convierte en una práctica de descondicionamiento: abandonar las inercias de la mirada habitual para abrirse a otra forma de percepción. Sin prisa, sin objetivos cerrados, el artista se sitúa en una disposición de escucha, permitiendo que la intuición, el azar y la experiencia sensorial guíen el recorrido.
En este proceso, aspectos aparentemente simples adquieren un valor metodológico: saber esperar, detenerse, desviarse del camino, aceptar el error, dejar espacio al pensamiento y a la ensoñación. El acto de “destropezar” —perder la linealidad del trayecto— se convierte en una estrategia para acceder a una relación más abierta con el entorno. Así, el paisaje deja de ser un fondo para convertirse en un acontecimiento.
Bajo esta “carpa” metafórica del Montseny, donde el tiempo y la luz transforman continuamente lo visible, el artista no solo recorre un territorio físico, sino que comienza a transitar también sus propios paisajes interiores. La experiencia exterior y la interior se entrelazan en el acto creativo, configurando un espacio común donde percepción, emoción y pensamiento se unifican.
Este primer trabajo ya apunta a una idea fundamental: el paisaje no es algo dado, sino algo que se construye a través de la mirada. Una mirada que no es fija ni objetiva, sino cambiante, condicionada por la experiencia, la memoria y la emoción. En este sentido, la práctica artística se revela como una forma de conocimiento —y de autoconocimiento— donde el acto de caminar activa nuevas maneras de ver.
Las imágenes que acompañan este proyecto no buscan documentar un recorrido, sino dar cuenta de esos instantes en los que algo sucede: una alteración mínima, una resonancia emocional, una intuición fugaz. Son huellas de una experiencia que no siempre puede ser explicada, pero que encuentra en la emoción su forma más directa de verificación.
Este método, nacido en el Montseny, no pertenece exclusivamente a este lugar. Es transferible, abierto, en constante evolución. Pero aquí encuentra su origen: en la lentitud, en la atención y en la relación íntima con un entorno que, durante el tiempo del trabajo, acogió, transformó y acompañó el caminar.
Queda, finalmente, la memoria de esos instantes irrepetibles. Imágenes que no solo remiten a lo vivido, sino que continúan activando el deseo de volver —o de seguir caminando, en otros lugares, desde esa misma disposición.
Este proyecto marca el inicio de una práctica que, con el tiempo, se consolidará como una forma de estar y de hacer: caminar como método artístico. Lejos de responder a modelos preconcebidos o a referencias imitadas, el trabajo surge de una aproximación directa al territorio. Es en la repetición de los recorridos, en la experiencia acumulada de los días y en la atención sostenida donde comienza a configurarse un método propio. Un método que no se impone, sino que aparece de forma natural, casi inadvertida, a medida que el cuerpo se adapta al ritmo del paisaje.
El Montseny no se presenta aquí como un motivo a representar, sino como un espacio de transformación perceptiva. Caminar se convierte en una práctica de descondicionamiento: abandonar las inercias de la mirada habitual para abrirse a otra forma de percepción. Sin prisa, sin objetivos cerrados, el artista se sitúa en una disposición de escucha, permitiendo que la intuición, el azar y la experiencia sensorial guíen el recorrido.
En este proceso, aspectos aparentemente simples adquieren un valor metodológico: saber esperar, detenerse, desviarse del camino, aceptar el error, dejar espacio al pensamiento y a la ensoñación. El acto de “destropezar” —perder la linealidad del trayecto— se convierte en una estrategia para acceder a una relación más abierta con el entorno. Así, el paisaje deja de ser un fondo para convertirse en un acontecimiento.
Bajo esta “carpa” metafórica del Montseny, donde el tiempo y la luz transforman continuamente lo visible, el artista no solo recorre un territorio físico, sino que comienza a transitar también sus propios paisajes interiores. La experiencia exterior y la interior se entrelazan en el acto creativo, configurando un espacio común donde percepción, emoción y pensamiento se unifican.
Este primer trabajo ya apunta a una idea fundamental: el paisaje no es algo dado, sino algo que se construye a través de la mirada. Una mirada que no es fija ni objetiva, sino cambiante, condicionada por la experiencia, la memoria y la emoción. En este sentido, la práctica artística se revela como una forma de conocimiento —y de autoconocimiento— donde el acto de caminar activa nuevas maneras de ver.
Las imágenes que acompañan este proyecto no buscan documentar un recorrido, sino dar cuenta de esos instantes en los que algo sucede: una alteración mínima, una resonancia emocional, una intuición fugaz. Son huellas de una experiencia que no siempre puede ser explicada, pero que encuentra en la emoción su forma más directa de verificación.
Este método, nacido en el Montseny, no pertenece exclusivamente a este lugar. Es transferible, abierto, en constante evolución. Pero aquí encuentra su origen: en la lentitud, en la atención y en la relación íntima con un entorno que, durante el tiempo del trabajo, acogió, transformó y acompañó el caminar.
Queda, finalmente, la memoria de esos instantes irrepetibles. Imágenes que no solo remiten a lo vivido, sino que continúan activando el deseo de volver —o de seguir caminando, en otros lugares, desde esa misma disposición.
WALK 03
Pirineos
Huesca- España
2010-11
km - días



Caminatas de 14 días por el Pirineo de Huesca
España, veranos 2010-11
Pirineo aragonés: escritura y deriva en el paisaje
Tras las experiencias en el Montseny y la Selva de Irati, el trabajo en el Pirineo aragonés supone una continuidad y, al mismo tiempo, una expansión del método. Ya no se trata únicamente de trasladar una forma de caminar a un nuevo territorio, sino de habitar un lugar conocido desde otra conciencia: la de quien regresa para profundizar.
Durante años, estos valles: Trigoniero, La Barrosa y Pineta; habían sido espacios de tránsito, descanso y experiencia personal. Es aquí donde el caminar se sedimenta, donde la repetición anual de los recorridos convierte el paisaje en memoria activa. A partir de 2009, este vínculo se transforma en práctica artística continuada: caminar, intervenir mínimamente y fotografiar dejan de ser acciones aisladas para convertirse en un proceso sostenido en el tiempo.
El paisaje pirenaico introduce una nueva dimensión: la apertura. Frente a los espacios más contenidos del bosque, aquí el recorrido se despliega en ascensión y descenso, en una relación constante entre esfuerzo físico y percepción. Las caminatas se estructuran en ciclos diarios, subir por la mañana, descender por la tarde, generando una temporalidad marcada por la luz, el cansancio y la transformación del entorno.
En estos desplazamientos, el artista busca lugares liminares: zonas de paso, contraluces, bordes donde el paisaje parece abrirse o desvanecerse. Son espacios que invitan a atravesar, a detenerse, a mirar desde otra posición. Como en trabajos anteriores, la experiencia no se orienta hacia la captura de imágenes espectaculares, sino hacia la aparición de momentos frágiles, inestables, a menudo casi imperceptibles.
Pero es en este proyecto donde se produce un giro significativo. El lenguaje visual comienza a entrelazarse con la escritura. Los textos, surgidos durante o después de las caminatas, no funcionan como descripciones ni como explicaciones de las imágenes. Son fragmentos de experiencia, anotaciones sensibles que recogen ritmos, sensaciones y pensamientos que el propio paisaje activa. Aparecen como una extensión natural del caminar, como otra forma de recorrer el territorio.
De este modo, la obra se desplaza hacia un territorio híbrido: imagen y palabra se superponen para construir una nueva forma de presencia. Las fotografías ya no son únicamente registros visuales, ni los textos meros acompañamientos; juntos configuran una experiencia expandida donde el paisaje se percibe, se piensa y se recuerda simultáneamente.
En estos valles, el caminar se vuelve más introspectivo, más cercano a lo mental que a lo físico. Los paisajes que emergen son, en muchos casos, paisajes imaginados, visiones que aparecen y desaparecen con la misma rapidez con la que se desvanecen las sensaciones: un destello de luz, el zumbido persistente de los insectos, el sonido del agua cayendo desde lo alto.
Son obras que no se imponen, que requieren tiempo y atención. Que se sitúan en ese espacio intermedio entre lo que se ve y lo que se piensa, entre lo que se vive y lo que se recuerda.
El Pirineo aragonés no es aquí solo un escenario, sino un lugar de consolidación. Un territorio donde el método se afianza, donde la práctica se vuelve más compleja y donde la obra comienza a expandirse más allá de la imagen, incorporando el lenguaje como parte esencial del proceso artístico.
Caminar, mirar y escribir se convierten, finalmente, en una misma acción.